jueves, 8 de febrero de 2018

"Contar la vida en cursos", Víctor Juan

Imagen: Toni Demuro


Los profesores cambiamos de año con la extrañeza que nos da saber que nuestra vida se cuenta por cursos escolares, nunca por meses de calendario. Víctor Juan, con más de 30 años a pie de aula, reflexiona sobre el milagro repetido de empezar curso con renovadas ilusiones(pdf).
 
"De la misma manera que hay quien cuenta la vida en legislaturas, en campeonatos de liga, en pascuas militares o en ejercicios fiscales, los maestros cuentan la vida en cursos. Los distintos destinos en donde han trabajado son hitos en una larga carrera profesional que les permiten situarse en el espacio y en el tiempo. Y en esas coordenadas recuerdan a las personas con las que compartieron las ilusiones, la tristeza de los días tristes, la esperanza y los sueños de un futuro mejor. Pasa el tiempo muy suave y un día uno cae en la cuenta de que hace treinta años que empezó a dictar dictados, que se han pasado diez desde que dio clase en tal escuela o que aquellos niños que un día fueron sus alumnos ya solicitan plaza escolar para sus hijos.

 Durante estos primeros días de la vuelta a la escuela a los maestros se les amontonan en la memoria el nerviosismo y la incertidumbre de cada septiembre porque empezar un curso es, en realidad, volver a construir un mundo menudo de palabras y complicidades en el que los niños y los maestros van a encontrarse. El aula se llena de escolares nuevos y los maestros harán el milagro de mirarlos a todos, de entenderlos, de preguntarse qué es lo mejor para cada uno de ellos. Y frecuentemente lo harán con pocos recursos, escasos apoyos y sin obtener otra recompensa que la que procura la satisfacción por el trabajo bien hecho. Lo harán porque son maestros. Marguerite Yourcenar escribió en ‘Alexis o el Tratado de inútil combate’: «No es difícil albergar pensamientos admirables cuando están presentes las estrellas. Es más difícil guardarlos intactos durante la pequeñez de los días». Esto es justo lo que hacen los maestros. Trabajan un día tras otro, contando la vida en cursos, en la pequeñez de los días, lejos de la luz de las estrellas.
 
El arte de perder el tiempo 
 

En un mundo tecnológicamente mediado como en el que vivimos es más urgente que nunca recuperar la mirada propia sobre la realidad o lo que es lo mismo tener una teoría personal sobre las cosas, rescatar nuestra mirada secuestrada en las pantallas. Ahora que parece que todo es instantáneo y efímero, quizá uno de los objetivos que deberían proponerse los maestros sea enseñar a los niños a leer reposadamente, animarles para que descubran el placer de pensar mostrándoles el maravilloso mundo de las ideas, invitarles a mirar las copas de los árboles o a desentrañar el secreto que susurra a su paso el agua del río, que no es otra cosa que su propio pensamiento. Para hacer realidad estos propósitos, lejos del activismo hueco y estéril que tantas veces nos distrae de lo importante, los niños han de aprender a no hacer nada y los profesores, como diría la maestra María Sánchez Arbós, deben cultivar el arte de perder el tiempo porque quizá esa sea la única manera de ganarlo definitivamente. Y de vez en cuando, si un niño pregunta qué hago ahora, el maestro haría bien en contestarle: «Nada, no hagas nada. Mira por la ventana. Siéntate y sueña».


Imagen: Toni Demuro

 
(VÍCTOR JUAN: Crónicas de la vieja pizarra,ed. Doce Robles, págs. 48-49)


 



2 comentarios:

  1. Personalmente, me sorprende el hecho de que los profesores, o al menos algunos de ellos, cuentan su vida por años escolares (por lo menos el tiempo de sus vidas en el que trabajan como profesores).
    No me imaginaría nunca que por ejemplo empieza un curso escolar, en septiembre, con unos alumnos diferentes y pueden llegar a decir “comienza un año nuevo, se ha acabado el anterior” o acabar un curso escolar, en junio, y decir “se ha terminado otro año, ¡A por el siguiente!”.
    Además, el trabajo de un profesor no se trata sólo de administrar conocimientos a sus alumnos o prepararles para exámenes posteriores, sino que también los anima a descubrir cosas o a llevar a cabo sus ideas, y les apoya para conseguir todo lo que se propongan.

    Particularmente, tengo un hermano pequeño que estudia 4° de primaria y muchas veces cuando tiene que hacer sus deberes o estudiar, se queja.
    Pienso que eso es porque los niños piensan que el estudiar o ir al colegio son sus obligaciones, puede ser que sí, pero hay que enseñarles también, desde pequeños ya, que eso no debe ser así y que estudiar puede ser muy interesante además de que condiciona su futuro. Todo esto sin asustarles, simplemente mostrarles que el ir al colegio, aprender cosas nuevas y que los profesores les animen y apoyen se convierta en una actividad deseada y entretenida para ellos, sin que piensen que es una “dura” obligación.

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  2. No me sorprende del todo que cada profesor cuente los años por curso. Cada año tienen alumnos específicos, dan clases en aulas diferentes, conocen y se despiden de los pupilos, el profesorado, los de mantenimiento…
    Ser profesor tiene que ser vocacional, observar la evolución de los alumnos, cómo crecen, cómo maduran, ver su felicidad, su tristeza, su agobio… Se tendrían que poner en la piel de ellos, algo muy simple, cómo entenderlos y ayudarlos. Pero por desgracia no ocurre siempre, ya sea por tiempo, actitud (de ambos) o recursos del programa de educación.
    Cada vez está todo más mecanizado e informatizado, lo que dificulta una enseñanza eficaz.
    El aprendizaje no es enseñar una materia para que la memoricen y la redacten de tirada en el examen, trata de inculcar en las mentes, unos conocimientos que les sirvan de ayuda para toda su vida, y puedan entender como han llegado hasta ahí.
    A mí nunca me ha gustado la forma que tiene algunos profesores de dar clase, leer exactamente lo del libro y darlo por sabido. En mi opinión, es mucho más efectivo que el profesor explique la materia antes de leerlo, interactuando con los alumnos y haciendo distintas cosas durante la hora, ya que si no, produce cansancio y se pierde la atención.
    La atención para mí es lo más importante, sin ella surge el aburrimiento, la distracción y la pérdida del interés, produciendo un rechazo de la asignatura.

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