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jueves, 23 de abril de 2020

Día del Libro...en casa



Hoy celebramos el Día del Libro en casa, buscando el calor de esos libros que nos ayudan a sobrellevar estos días mejor. No han faltado homenajes en la red, en los balcones y en las casas.


Hemos invitado a salvar libros de los que podamos extraer unas palabras de consuelo:  libros-ventana que nos permitan asomarnos a la esperanza o libros-espejo en los que poder mirarnos y entender qué está pasando. 

Marcos Mustieles, de 4º ESO B,  ha seleccionado para compartir con nosotros "El viejo y el mar":

Me ha parecido muy interesante compartir este libro porque te ayuda mucho a reflexionar sobre el esfuerzo y la superación, dos aspectos muy importantes en la situación en la que nos encontramos. La historia está basada en hechos reales, cuenta que un viejo marinero en su última salida al mar quiere pescar el pez más grande, consigue encontrarlo debido a su gran esfuerzo, pero cuando lo ata a su barca y lo lleva tierra, poco a poco los tiburones se lo van comiendo y llega a tierra solo con las espinas.

La reflexión que se puede extraer de este libro me parece muy sugerente, ya que lo que nos intenta transmitir es que a veces quieres impresionar a los demás intentando dar más de lo que puedes y, al final, todo este esfuerzo termina consumiéndote y beneficiando a otros, en este caso, los tiburones. Por tanto, el esfuerzo hay que emplearlo en ser mejores, en ayudar al resto de personas o para conseguir algo que de verdad quieras, no para impresionar o pensando en el qué dirán.


¡¡Gracias, Marcos!!





Podéis seguir enviando vuestras propuestas durante todo el mes. Hagamos de Abril una verdadera fiesta de libros. Si los libros no están en la calles que salgan al menos a los balcones o a ventanas como esta y, de allí, a muchos corazones lectores. 

Laura (Bibliotecas Municipales de Huesca)
¡¡Y no os olvidéis de tunear la portada!!


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martes, 14 de abril de 2020

Metáforas de la COVID19


Somos lenguaje. Nos vivimos a través de las palabras. Con ellas construimos un mundo que, a veces, es cálido refugio; otras, hostil trinchera.

Estos días afrontamos/enfrentamos/confrontamos una realidad nueva y hemos empezado a nombrarla, a amueblar nuestra lengua con neologismos y siglas nuevos. En esta avalancha de términos que empezamos a utilizar con normalidad irrumpen más subrepticiamente las metáforas.

Recientemente en "Todo es lenguaje", el espacio de "No es un día cualquiera" de RNE, la experta en Comunicación Estrella Montolío y la profesora de Lingüística General de la Universidad de Zaragoza, Irade Ibarretxe-Antuñano, han conversado sobre la importancia de la metáforas para conceptualizar la realidad y las connotaciones de las metáforas que utilizamos para designar a la COVID-19.
¿Estamos ante una guerra, luchando, defendiéndonos de los otros, atacando al virus,...?

¿Somos parte de un incendio y propagamos el mismo si salimos de casa?

¿Somos, mejor, un equipo, que trabaja con estrategias comunes para lograr los objetivos que llevan al éxito?

¿O interpretamos juntos una pieza común, como una orquesta en la que todos debemos armonizar la melodía?

Las metáforas que elegimos para definir lo que vivimos no son neutras, van conformando el concepto del mundo, la expectativa que creamos sobre la realidad.


Creo que ya conocéis el vídeo motivacional que difundió la selección de fútbol argentina, muy apropiado con el tema que hoy abordamos:




¿Cómo os visualizáis mejor: como soldados o como parte de un equipo deportivo?


Os invito a expresar la realidad que vivimos con esta pandemia a través de metáforas que sean motivadoras.

 Compartid vuestras metáforas y reflexiones en los comentarios.





viernes, 23 de mayo de 2014

Metáforas


Hoy hemos estado un rato atascados en clase con algunas metáforas. El concepto os resulta ajeno y no he podido evitar acordarme del entrañable personaje de El cartero de Neruda, conocida novela del escritor chileno Antonio Skármeta, que fue llevada al cine y tuvo su momento de popularidad. Está incluida en la lista de lecturas recomendadas para este trimestre, por si a alguno os interesa.


—¡Metáforas, hombre!
—¿Qué son esas cosas?
El poeta puso una mano sobre el hombro del muchacho.
—Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir
una cosa comparándola con otra.
—Deme un ejemplo.
Neruda miró su reloj y suspiró.
—Bueno, cuando tú dices que el cielo está llorando. ¿Qué es lo que
quieres decir?
—¡Qué fácil! Que está lloviendo, pu’.
—Bueno, eso es una metáfora.
—Y ¿por qué, si es una cosa tan fácil, se llama tan complicado? -Porque los nombres no tienen nada que ver con la simplicidad o complicidad de las cosas. Según tu teoría, una cosa chica que vuela no debiera tener un nombre tan largo como mariposa. Piensa que elefante tiene la misma cantidad de letras que mariposa y es mucho más grande y no vuela —concluyó Neruda exhausto. Con un resto de ánimo, le indicó a Mario el rumbo hacia la caleta. Pero el cartero tuvo la prestancia de decir:
—¡P’tas que me gustaría ser poeta!
—¡Hombre! En Chile todos son poetas. Es más original que sigas siendo cartero. Por lo menos caminas mucho y no engordas. En Chile todos los poetas somos guatones.
Neruda retomó la manilla de la puerta, y se disponía a entrar, cuando Mario mirando el vuelo de un pájaro invisible, dijo:
—Es que si fuera poeta podría decir lo que quiero.
—¿Y qué es lo que quieres decir?
—Bueno, ése es justamente el problema. Que como no soy poeta, no puedo decirlo.
El vate se apretó las cejas sobre el tabique de la nariz.
—¿Mario?
—¿Don Pablo?
—Voy a despedirme y a cerrar la puerta.
—Sí, don Pablo.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Neruda detuvo la mirada sobre el resto de las cartas, y luego entreabrió el portón. El cartero estudiaba las nubes con los brazos cruzados sobre el pecho. Vino hasta su lado y le picoteó el hombro con un dedo. Sin deshacer su postura, el muchacho se lo quedó mirando.
—Volví a abrir, porque sospechaba que seguías aquí.
—Es que me quedé pensando.
Neruda apretó los dedos en el codo del cartero, y lo fue conduciendo con firmeza hacia el farol donde había estacionado la bicicleta.
—¿Y para pensar te quedas sentado? Si quieres ser poeta, comienza por pensar caminando. ¿O eres como John Wayne, que no podía caminar y mascar chiclets al mismo tiempo? Ahora te vas a la caleta por la playa y, mientras observas el movimiento del mar, puedes ir inventando metáforas.
—¡Deme un ejemplo!
—Mira este poema: «Aquí en la Isla, el mar, y cuánto mar. Se sale de sí mismo a cada rato. Dice que sí, que no, que no. Dice que sí, en azul, en espuma, en galope. Dice que no, que no. No puede estarse quieto. Me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla.
Entonces con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, de siete perros verdes, de siete mares verdes, la recorre, la besa, la humedece, y se golpea el pecho repitiendo su nombre». —Hizo una pausa satisfecho—. ¿Qué te parece?
—Raro.
—«Raro.» ¡Qué crítico más severo que eres!
—No, don Pablo. Raro no lo es el poema. Raro es como yo me sentía cuando usted recitaba el poema.
—Querido Mario, a ver si te desenredas un poco, porque no puedo pasar toda la mañana disfrutando de tu charla.
—¿Cómo se lo explicara? Cuando usted decía el poema, las palabras iban de acá pa’llá.
—¡Como el mar, pues!
—Sí, pues, se movían igual que el mar.
—Eso es el ritmo.
—Y me sentí raro, porque con tanto movimiento me marié.
—Te mareaste.
—¡Claro! Yo iba como un barco temblando en sus palabras.
Los párpados del poeta se despegaron lentamente.
—«Como un barco temblando en mis palabras.»
—¡Claro!
—¿Sabes lo que has hecho, Mario?
—¿Qué?
—Una metáfora.
—Pero no vale, porque me salió de pura casualidad, no más.
—No hay imagen que no sea casual, hijo.
Mario se llevó la mano al corazón, y quiso controlar un aleteo desaforado que le había subido hasta la lengua y que pugnaba por estallar entre sus dientes. Detuvo la caminata, y con un dedo impertinente manipulado a centímetros de la nariz de su emérito cliente, dijo:
—Usted cree que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias…
—… ahora ya puedes decir «etcétera».
—… ¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?
Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro.
—¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo?
—No, hombre, no.
—Es que se le puso una cara tan rara.
—No, lo que sucede es que me quedé pensando.
 










Por cierto, en una escena de la película más taquillera del cine español, Ocho apellidos vascos, los personajes hablan sobre la metáfora. ¿Identificáis la escena?