La reciente visita de Gervasio Sánchez puso el foco de nuestras reflexiones en la violencia que sufren las mujeres y niñas en los conflictos bélicos. Es evidente el horror generalizado, pero la desigualdad se agrava para ellas especialmente, como explica la contraportada del folleto que nos regaló el fotoperiodista:
"Las guerras dejan a las mujeres en una situación muy vulnerable ante la pobreza y el acceso a los recursos económicos. Los servicios básicos de salud y atención materno infantil se desmorona, la violación es utilizada como arma y agresión entre contendientes y la violencia de género, la trata de seres humanos y el matrimonio infantil se exacerban durante el conflicto. Al mismo tiempo, casi la mitad de las personas desplazadas por la violencia en el mundo son mujeres y a menudo atraviesan mayores dificultades por motivo de género en estas situaciones".
El fotógrafo reflexionó sobre el impacto dramático a través del tiempo de los conflictos armados, que en ningún caso cierran las heridas cuando termina la guerra.
Con esta sugerencia tan cercana, traemos de nuevo a clase un texto periodístico de Alfonso Serna ("El País", 29/04/2002) que denuncia también a través de una imagen la trágica guerra de Afganistán y la dramática situación de las mujeres del Tercer Mundo. Aunque el artículo no es reciente, el impacto de las imágenes y la mirada compasiva de los lectores hacia la protagonista de las mismas puede rastrearse hasta nuestros días: "La muchacha afgana, una vida desvelada" (National Geographic, 26 de noviembre de 2021).
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| Steve McCurry |
"Los ojos verdes de Sharbat Gula, muchacha afgana, son los cristales que transparentan su alma angustiada.
Estoy hablando, y el lector ya se habrá dado cuenta de la famosa fotografía que Steve McCurry, reportero de la revista National Geographic, tomó a una adolescente afgana en un campo de refugiados en Pakistán, el año 1984; y de la segunda foto que, diecisiete años después, volvió a hacer a quien ya no era una muchacha adolescente sino una mujer aún joven, pero con el alma arrasada por el dolor de la vida.
A sus trece años, Sharbat Gula nos miraba con los ojos asombrados, quizás un poco fieros, de la adolescente nacida en las ásperas montañas de su alta tierra de Afganistán. La tez aún lozana de la muchacha-niña, sus rasgos todavía tiernos, no harían presagiar los dramas que llegarían con el tiempo.
Tiene las pupilas muy cerradas, como defendiéndose, acaso, de la luz, lo que torna más verdes sus claros iris, que tanto impresionaron al fotógrafo.
Diecisiete años después, Steve McCurry los ha vuelto a encontrar en las montañas de Tora Bora, en donde una segunda guerra dejó oír hace poco su mortal estruendo. Y ahí están los iris verdes que componen una mirada aún fiera, pero en la que se resume la historia de una mujer que, siendo niña, perdió a sus padres en un bombardeo, peregrinó en éxodo por las montañas más ariscas del mundo, bajó las nieves, sin abrigo, casi descalza, tiritando de frío; trabajó inhumanamente, sufrió, se casó en la adolescencia, tuvo cuatro hijos (y uno murió), vio la vida a través de una rejilla tupida, no sonrió a nadie que no fuera su marido, apenas habló, enfermó de asma; y pertenece a un pueblo en desgracia que, a lo largo de veintitrés años, ha perdido un millón y medio de seres y ha lanzado a todos los caminos del destierro a tres millones y medio de refugiados.
Los ojos verdes de esta historia nos inspiran una inmensa piedad, pero lo tremendo es que no son, no serán, solamente los ojos de Sharbat Gula, muchacha afgana, sino los de millones de mujeres, con frecuencia casi niñas, que a lo largo del vasto y conturbado mundo de hoy, habrán visto, estarán viendo, los horrores de nuestro tiempo. No solo las mujeres, naturalmente, también los hombres; pero uno piensa que, sobre todo, en lo que hemos dado en llamar el Tercer Mundo, son las mujeres las más dolientes, las más vulnerables por el abandono, la discriminación, el desprecio, la ignorancia, las leyes absurdas, las costumbres bárbaras".


