Juan Ramón Jiménez
La negra y la rosa
La negra va dormida, con una rosa blanca en la mano.
—La rosa y el sueño apartan, en una superposición mágica, todo el triste atavío de la muchacha: las medias rosas caladas, la blusa verde y transparente, el sombrero de paja de oro con amapolas moradas. Indefensa con el sueño, se sonríe, la rosa blanca en la mano negra.
¡Cómo la lleva! Parece que va soñando con llevarla bien. Inconsciente, la cuida —con la seguridad de una sonámbula— y es su delicadeza como si esta mañana la hubiera dado ella a luz, como si ella se sintiera, en sueños, madre del alma de una rosa blanca. A veces, se le rinde sobre el pecho, o sobre un hombro, la pobre cabeza de humo rizado, que irisa el sol cual si fuese de oro, pero la mano en que tiene la rosa mantiene su honor, abanderada de la primavera.
Una realidad invisible anda por todo el subterráneo, cuyo estrepitoso negror rechinante, sucio y cálido, apenas se siente. Todos han dejado sus periódicos, sus gomas y sus gritos; están absortos, como en una pesadilla de cansancio y de tristeza, en esta rosa blanca que la negra exalta y que es como la conciencia del subterráneo. Y la rosa emana, en el silencio atento, una delicada esencia y eleva como una bella presencia inmaterial que se va adueñando de todo, hasta que el hierro, el carbón, los periódicos, todo, huele un punto a rosa blanca, a primavera mejor, a eternidad…
Tomado de «El amor en el mar» en Diario de un poeta recién casado, 1916.

Hola, Ester, he pasado por tu espacio y me he encontrado este extraordinario poema en prosa de JRJ en su viaje a Nueva York para casarse con Zenobia Camprubí Aymar y que dio lugar a su libro también llamado Diario de poetA Y MAR. Este poema siempre me ha resultado maravilloso. Esa contemplación en el metro de una escena cotidiana, la negra dormida, con la rosa blanca en la mano, no hubiera dado para más que para un comentario anecdótico, pero en la imaginación del poeta, esa rosa blanca se eleva por encima del fragor rechinante del tren y todo queda impregnado de Eternidad. Es un poema místico, a mi juicio. No es una mera ocurrencia estética de un contraste entre la negritud y la blancura, no, es una aspiración a llegar a lo más hondo de la existencia en que los seres humanos perciben por un momento que no son un azar del universo ni un mero resultado de las leyes de la física y el caos. No, hay algo más, eternidad, y cada uno que entienda lo que quiera. Un abrazo.
ResponderEliminarHola, Joselu. Qué alegría verte por aquí.
EliminarCreo que la primera vez que leí este texto fue en un blog tuyo. Me maravilló la magia que se despliega en torno a esa rosa, la capacidad de transmutar lo sórdido o lo cotidiano en algo especial, único y, posiblemente, eterno.
Nunca olvidé esa rosa blanca y el otro día la recordé en clase a mis alumnos. Quise traerla aquí para no olvidarla, para apresar su belleza. Me parece muy especial que su aroma haya llegado hasta ti.
Un abrazo,
Esther